jueves, 29 de noviembre de 2007

Cap. I. Campeche, un legado precolombino


El trío explorador formado por el antropólogo Julio Ferrer, el maestro geógrafo Luís German Pérez
(quien desde el 11 de febrero había reconocido técnicamente la existencia del “conchero”), y yo; nos encontrábamos parados sobre una alfombra de conchas blanquecinas, rompiendo la monotonía del glacis que se extiende desde una veintena de metros sobre el nivel del mar, hasta la avenida que delimita la sabana de Campeche.
El panorama, salpicado de pequeñas tunas “voladoras”, arbustos de cuicas, y comunidades de guasabano, estaba acotado (al oeste) por una quebrada de torrente intermitente que se desprende desde las alturas del cerro La Pava. Escenario que hace posible visualizar una comunidad indígena en las inmediaciones de este áspero y ocre paisaje, si nos permitimos imaginar la cotidianidad de sus vidas y sus quehaceres sobre esta geografía, hace más de cinco centurias.
La marcada presencia de la basura moderna entorpece la concentración: restos de materiales plásticos, ferrosos, y vidriosos, revueltos con escombros de moderna alfarería (tejas y ladrillos), con menudencias de concreto y de granza, todos ellos ajenos a este singular lugar. Basura que nubla la huella de nuestros antepasados, escondiendo un verdadero tesoro arqueológico. Una vez que exploramos el área y su entorno con algo de minuciosidad, surgen como monolitos, trocitos de alfarería indígena diseminados por todo el lugar, con una marcada abundancia en el eje norte-sur. “Basura” de alguna tribu «cumanesa y precolombina» de la inmediata vecindad, que intencionalmente acumuló en ese lugar sus desechos (ahora nuestros patrimonio arqueológico). La magia actúa, y tomamos conciencia de la presencia aborigen, y no quieres moverte para no imprimar con tu grosera huella la fragilidad de los restos de su existencia; estábamos parado sobre el pasado, que yace físicamente a nuestros pies; como esperando nuestra visita.
Los restos cerámicos que visualizamos y colectamos, casi no tienen color, son de tonos grises, marrones, rojos, y naranja, en diferentes tonalidades. Sin embargo la abundancia, diversidad de formas, y variedad de los elementos utilizados en su fabricación, en algo ayudará a reconstruir la prehistoria de nuestro país, y mucho dirá a los expertos respecto al pueblo que acumuló ese “conchero” al que merecidamente hemos bautizamos con el nombre de “Campeche”.
En la segunda visita de nuestro grupo explorador, acompañados de los esposos Bello (de Funda Patrimonio), y mi pequeño hijo Rommel Aser. Tuvimos oportunidad de disfrutar del efecto de la luz de oro que con los primeros rayos del sol, peina y acaricia la superficie del glacis, resaltando los objetos grises y ocres. Entonces por doquier, rodeadas de las ahora pálidas conchas, resaltados por la suave y horizontal luminosidad y separados de la superficie polvorienta (como flotando), aparece una miríada de material aflorado: restos de vasijas y otros “corotos” indígenas, algunos de ellos con trazas de pinturas negras y coloradas, con apliques y accesorios, bases y cuellos de vasijas, restos de “aripos”, y otros de muchas formas (la mayoría ajenas a mi entendimiento). La acción humana neolítica presente y protagónica: trazas de carbón vegetal, restos ahumados al fuego, vértebras de pescados, y algunos artefactos de conchas de botuto. En general vestigios de una técnica de alfarería tosca y sencilla, con decoración a base de tonos oscuros y apliques en forma de volcancito en la superficie o perforaciones en sus bordes. Con una o ambas caras bien pulida, de granos finos que fluctúan hasta un máximo de 1 o 1,5 mm, las capas exteriores diferentes a las del centro, tanto en color como en textura y en la naturaleza de sus granos, y desengrasantes añadidos.
¿Quiénes fueron?, ¿cómo vivieron?, ¿cuándo se establecieron allí, y por cuánto tiempo habitaron ese lugar?, ¿de dónde vinieron?, ¿con quiénes comercializaban?, ¿cuál es el aporte de su existencia a nuestras cultura?, estas y otras muchas interrogante es el reto que deben responder los expertos. ¿Será que podemos preservar lo que queda del yacimiento, para que pueda ser estudiado en profundidad por quienes corresponda?.
Las primeras alegrías por la visita a tan prístino e interesante sitio, se desvanecen cuando en la mesa de trabajo, observo y detallo las fotografías aéreas e imágenes satelitales del lugar. Pronto tomo conciencia de que la monotonía solo es producto de la acción urbanizadora moderna, que eliminó las antiguas terrazas y los barrancones que habitaban los primeros pobladores, borrando sus caminos y casi toda los vestigios de su presencia. De acuerdo a las observaciones superficiales (sobre área inferior a los cinco mil metros cuadrados), solo nos queda: el conchero, y los testimonios fotográficos aéreos; y la esperanza que trabajos arqueológico futuro, revelen los secretos del material no aflorado.
Por ahora sólo podemos compartir e informar, que en las inmediaciones del aeropuerto de Cumaná, existió una comunidad indígena precolombina, que nos legó un patrimonio arqueológico que debemos rescatar y preservar; mientras tanto preparamos el informe técnico que debe reportar este descubrimiento.
Chopper de cuarzo lechoso.
(foto. SCF)
Fondo de vacija. (Armado por RAJCF)






miércoles, 28 de noviembre de 2007

Cap. II. Mas allá de lo caótico

Luego del encanto y certeza del descubrimiento inicial; y del desconsuelo que sobrevino ante la magnitud de la intervención destructiva del sitio arqueológico, lapidado ante la opinión de algunos profesionales consultados, que dejaban como única alternativa una operación arqueológica de rescate; con el objeto de preservar lo que “pudiera salvarse”. Una fría mañana al inicio de diciembre, después del alba, en compañía del siempre motivado Rommel Aser, puse en práctica mi propia operación de rescate, acto que repetimos la siguiente semana, debido a la profusión de trocitos cerámicos y de uno que otro conjunto que al unirlos armaron partes de piezas mayores (bases y soportes para recipientes). En esa búsqueda, y con ese andar, llegamos al borde superior del glacis, donde antes existió un “piyote” de unos treinta metros de altura, del cual solo queda la tenue huella de su estructura inferior, en lo llano. Aquí la base del cerro es amable, e invita su ascenso a pesar de las profundas cárcavas.

Elevadas una decena de metros sobre una pequeña terraza, agrupadas como manchas sobre la tierra, fuimos ambos en la soledad sorprendidos por la presencia de un gran número de variadas y diversas conchas, acentuadas por restos cerámicos; de tamaño promedio superior a los antes encontrados. Sobrevino la alegría para brindarnos compañía; con cautela para no dañar lo que consideraba intacto, caminamos por entre y alrededor del conjunto de conchas de Strombus y de los restos de otras muchas especies, que guarecieron por tanto tiempo a la intemperie, todas con perforaciones antrópicas que nos indican su destino. Maravillados por lo que resta de aquellos moluscos, detallamos otros tesoros minerales: yeso cristalizado, cuarzo, aglomeramientos en distintos encapsulados, “gotas” de barro petrificado con formas gráciles congeladas por la acción del tiempo inexorable, y muestras verdes de peridotitas (que luego despertaron gran interés de LGP por no existir reportes de su existencia de este lado del golfo); y otros tantos valores de muestras naturales y culturales que encontramos a ese nivel (nuestra segunda estación). Como las muestras de cerámica decoradas con pigmento negros y marrones; el disco de nácar a medio horadar (de dos centímetros de diámetro) que supuse impropiamente la preforma de un “botón”, olvidando la acostumbrada desnudez de sus fabricantes y la profusión en el uso de ornamentos; el raspador de cuarzo o la hachuela con huellas de percusión; artefactos diversos y desconocidos que entraron en mi entendimiento solo hasta después de conocer y detallar los Ídolos de las Islas Prometidas de los Antczak.
La frontera norte era la continuidad de la ladera, se detenía una docena de metros arriba de nuestra posición, en un nivel que por la rectitud de su borde, presumí una extensión de los daños. Ello motivo nuestro descenso, para dirigimos al sur por un valle escondido a la espalda del cerro cortado longitudinalmente al sureste de nuestro descubrimiento. Ambas alturas laterales exhiben la floresta “puyuda” de nuestro clima, ese agreste paisaje brilla por su hermosura y sus misterios. Nos adentramos en la medianía del valle por una senda salpicada por uno que otro resto cerámico mimetizado entre los desperdicios de materiales de construcción. Que fueron arrastrados en contramarcha de la quebrada intermitente, al paso del tractor que dibujó aquella ancha y somera cicatriz sobre la tierra, pero dolorosa, profunda, y dañina sobre el patrimonio que guarda nuestra pre-historia.
Recorrido el camino hasta ubicarnos en la parte elevada de nuestra anterior posición, fue posible inferir del entorno lo que allí había sucedido. Al parecer, los constructores de la urbanización al noreste, simple y llanamente tienen pensado extender sus terrazas hasta ese nivel, y quizás mas allá hasta lo profundo del valle que muere en la planta de automóviles asiáticos.
Una cascada de conchas se dejan caer desde las alturas, e indican nuestro próximo destino. Bajamos, contento y a la vez triste, me limité a escuchar los comentarios y tratar de responder las numerosas interrogantes del pequeño, que como aguijones horadaban mi entendimiento.

lunes, 26 de noviembre de 2007

Cap. III. Peldaños de Nácar, camino de espinas


El 20 de Diciembre, temprano en la mañana, regresamos; Luis German, mis hijos y un sobrino, íbamos resuelto a completar la exploración hasta la cima, ascenderíamos por una escalinata natural que me pareció de peldaños de nácar. La escorrentía había descubierto algunas rocas metamórficas debajo de la tenue capa vegetal, estas formaban una escalera natural; las conchas que sufrieron el arrastre quedaron entre los intersticios, holladas en la tierra. A medio camino, un escalón como de un metro de altura estaba coronado por una roca de aproximada redondez, que atorada en la estrechez, se erguía como extraña puerta o tal vez como un sello que protege los tesoros de la montaña. Restos de pequeñas conchas, aglomerados y petrificados en tiempos remotos, una veta vertical de blanquecina coquina de unos 30 centímetros de ancho, expuesta por la parte inferior del escalón; forman un lindero natural, delimitando la zona alterada y de impacto, de la zona prístina y virginal.
Los más jóvenes quedaron a la entrada de aquel hall natural. Los últimos pasos ¡caminamos sobre el nácar! hasta un claro en la montaña, donde el blanco cubre la superficie ocre de la tierra; contrastando con el profundo azul que manifiesta la bóveda celeste. El panorama en todas direcciones tiene el don de la significación; por un rato solo el mutismo dijo algo donde no había nada que decir.
En el horizonte la cordillera de la costa expone (entre otras) las alturas de Quetepe, la cumbre misteriosa del Imposible, y las serranías que llevan a Barranquín y a las llanuras del sur; el turimiquire desde lejos nos observa. Al este, el horizonte es claro y abierto, el golfo de Cariaco yace majestuoso y se pierde de vista en la distancia. Parece coronado por el parque litoral Punta Delgada, que pretende regresar y clavar su flecha de mangle en crecimiento a sotavento. La otra costa parece cercana: Barrigón y cerro Grande, por allá se encuentra Manicuare; y más allá La Margarita. Hay tantas cosas que mirar, que olvidas detallar el entorno agresivo que bordea el claro formado por la estera de conchas. Al conjunto vegetal que observamos en la base del cerro, debemos agregar más espinosos: retama, cardón, pichiguey, yaque, y cuica. Pequeños sub arbustos que engañan con su estatura, ya que con sus agudas púas, laceran inclementemente la piel al descubierto. En este paraje la naturaleza parece trabaja en equipo, primero: casi sin esfuerzo se te adhiere la tuna que parece volar hacia ti, luego: cuando te inclinas para liberarlas, ataca por la retaguardia la retama o el pichiguey; los demás aguardan hasta que te inmovilizas y mantienes al andar, el cuidado y el respeto que merece tan extraordinario lugar.
Cuando serenas la alegría, el cuadro se dibuja completo, estábamos erguidos en un sitio ocupado por nuestros lejanos parientes unos mil años antes de nosotros. En este entorno de unos treinta metros cuadrado, una familia anterior a nuestra historia hizo sentir su presencia, dejando los restos de su existencia expuestos a la intemperie. El sitio era un fósil cultural, un pedazo del pasado preservado por el muro de espinos. Solo gracias a la senda de restos calcáreos, ha sido posible redescubrir lo que siempre ha estado al descubierto.
Como monolito del pasado, una roca de tres metros de altura al borde del barranco, hendida naturalmente con una V en la parte superior, señalará el lugar del nacimiento del sol en la medianía de las tres cimas lejanas al estesudeste de nuestra aventajada posición; el día del solsticio de invierno. Al anochecer las Siete Hermanas aparecerán sobre la cima del cerro grande en la otra costa, para indicar el inicio de la roza de los conucos para la yuca y para otras venditas especies. No es correcto teorizar cuando no se cuenta con datos suficientes que permitan concluir al respecto. Pero desde esta pequeña explanada, actualmente se podría estudiar la mecánica que respetan los astros en su andar por las alturas; y con algo de paciencia apoyado en la geografía que nos circunda, establecer las efemérides que rigen los periodos de caza, pesca, y siembra. Nuestros pescadores y campesinos aun se rigen por estos lapsos y efemérides ¿Cómo las determinaron? Todos responde que en tiempo remotos, respuesta que no satisface la pregunta.
Con este y otros muchos pensamientos, descendemos felices a compartir con los jóvenes que aguardan; no sin antes otear hacia el oeste la imponente presencia del cerro La Pava, y de los cerezuelos al norte de nuestra tercera estación.